sábado, 6 de junio de 2009

Un perdedor de cien años


Que Juan Carlos Onetti cumpla cien años es una redundancia, porque ya los tenía cuando nació, en Montevideo, el 1º de julio de 1909. Pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y la inmovilidad centenaria era su manera de entenderse con el mundo. En sus años finales recibió todos los honores que de sobra había merecido mucho antes, por una obra narrativa áspera y desilusionada como no hay otra en América latina. Era una personalidad difícil de tratar, desdeñoso aun con lo que le gustaba, malhumorado y de una timidez sin límites. Esas cualidades se reflejan en "el estilo crapuloso" que Mario Vargas Llosa analiza en su reciente ensayo sobre Onetti, El viaje a la ficción .
Cree Vargas Llosa que esa oscuridad, esa amalgama vertiginosa de historias trágicas y excrecencias del cuerpo, fracasos y humillaciones, desesperados y explotadores es más que una vena narrativa. "[Es] una protesta contra la condición que, dentro de la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente para eso que, con metáfora feroz, se llama «la lucha por la vida»". El propio Onetti se lo dijo a María Esther Gilio: "Todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota. Uno puede detener la trayectoria del personaje en un instante de triunfo pero, si continuamos, el final es siempre Waterloo". Tal vez por eso llegó segundo a casi todos los premios a los que se presentó. Pero el último, y el más importante en lengua castellana, el Cervantes que recibió en 1980, le sirvió como conjuro.
Primero, quedó finalista del premio Farrar y Reinhart, de Nueva York, con la novela Tiempo de abrazar : le ganó Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno . Luego, el argentino Marco Denevi lo derrotó en el concurso Life en Español: su cuento "Ceremonia secreta" se impuso sobre el extraordinario "Jacob y el otro", que al comienzo no había quedado siquiera entre los seleccionados. Algo curioso, dado que es fácil reconocer allí la grandeza narrativa de Onetti. La historia ocurre en su ciudad mítica, Santa María, y varias marcas de su estilo -la monotonía y la asfixia de la vida cotidiana, la cruel explotación entre personas- se suceden. Al parecer, ni siquiera lo notó el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, uno de los jurados. Alguien debió de advertírselo porque en el fallo final "Jacob y el otro" fue agregado a una nómina de finalistas que lo omitía en su primera versión.
El premio Fabril ignoró El astillero -una obra maestra- y prefirió El profesor de inglés , una ya olvidada novela del argentino Jorge Masciángioli. Poco después, en 1967, cuando Vargas Llosa recibió el Rómulo Gallegos por La casa verde , señaló en su discurso que le parecía injusto distinguir esa novela sobre su competidora Juntacadáveres . Los otros finalistas del período, 1962-1966, eran Julio Cortázar por Rayuela , Carlos Fuentes por La muerte de Artemio Cruz y Gabriel García Márquez por El coronel no tiene quien le escriba .
Ese destino es una ironía para alguien que, cuando debió juzgar, lo hizo con una arbitrariedad casi pueril. Lo vi castigar a autores valiosos, entre ellos a Manuel Puig en el concurso Primera Plana-Sudamericana de 1969, para el que fue jurado con María Rosa Oliver y Severo Sarduy. Había consenso para premiar Boquitas pintadas , que Puig presentó con el título Tangos y boleros , pero Onetti la rechazó sin contemplaciones. "Quiero saber cómo escribe de verdad el coso ese cuando no copia cartas, fragmentos de calendarios, informes burocráticos, conversaciones telefónicas, informes policiales y avisos fúnebres", dijo. Y en 1974, cuando, junto con la escritora Mercedes Rein y el crítico Jorge Ruffinelli concedió el premio anual de narrativa de la revista Marcha al cuento "El guardaespaldas", de Nelson Marra, exigió que se aclarase en el fallo: "El jurado Juan Carlos Onetti hace constar que el cuento ganador, aun cuando es inequívocamente el mejor, contiene pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario".
A la dictadura que dominaba Uruguay no le importó: supuso que el cuento se burlaba de un comisario muerto años antes por la guerrilla Tupamaros y envió a la cárcel a Onetti (de sesenta y seis años en ese momento), a Rein (enferma de cáncer), al director de Marcha Carlos Quijano y a Nelson Marra, quien fue condenado por la Justicia Militar y sufrió cuatro años de torturas antes de salir al exilio. Ruffinelli se hallaba en México en el momento del escándalo; quedó prófugo con una orden de captura por diez años.
Sin el complemento habitual de whisky y cigarrillos, Onetti leyó novelas policiales durante su reclusión en una celda y su posterior traslado a un neuropsiquiátrico, gracias a la presión internacional. El encierro desquició en más de una ocasión a este autor de tantos personajes suicidas y, cuando llegó a España, meses más tarde, creía que lo había perdido todo y que su futuro era un páramo. "De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor", dijo al recibir el Cervantes. Había pasado mucho tiempo sin escribir y sólo un año antes del premio, en 1979, volvió a publicar: Dejemos hablar al viento . Hasta su muerte, el 30 de mayo de 1994, nunca regresó a Uruguay. José María Sanguinetti, el primer presidente de la recién recuperada democracia, le llevó a Madrid su Gran Premio Nacional de Literatura.
No fue más amable con las mujeres. Se casó cuatro veces, las dos primeras con primas que eran hermanas entre sí: María Amalia Onetti y María Julia Onetti. Cuando se separó de la tercera esposa, Elizabeth María Pekelharing, se casó para siempre -los cuarenta años de vida que le quedaban- con la violinista Dorotea Muhr. La frase con que le dedicó, en 1960, La cara de la desgracia (un librito parco, de 50 páginas, editado por Alfa en Montevideo, con la fotografía de una bicicleta abandonada y una orla verde en la portada), fue para el lector tan cruel y misteriosa como el propio relato: "Para Dorotea Muhr, ese ignorado perro de la dicha". La enigmática declaración de amor o compasión o cólera resumía sus tortuosos vínculos con la realidad.
Rara vez las historias personales de un escritor sirven para iluminar su obra. En el caso de Onetti, las formas ácidas de sus amores son, sin embargo, el preciso complemento de las mujeres estériles, mutiladas o vejadas por la vida que desfilan en sus ficciones implacables. Ciertas frases rápidas como látigos definen esas relaciones. El verso final de un célebre poema de Idea Vilariño -con la que Onetti vivió una desdichada y larga historia sentimental- es el eco de las infinitas amarguras que compartieron. "No te veré morir", profetiza Idea. No hay peor condena que ésa en el amor: vivir de espaldas a la muerte de alguien a quien alguna vez se le dio todo.
Cuando en julio de 1967, el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, que estaba a punto de conceder por primera vez el premio Rómulo Gallegos, concentró en Caracas a unos veinte escritores y críticos latinoamericanos, Onetti llegó temprano y se encerró en su habitación del hotel Tampa. Se tumbó en la cama, se negó a salir y no hizo otra cosa que escribir, beber whisky, fumar y leer novelas policiales. El diario El Nacional envió a la más brillante de sus redactoras literarias, Marie-Jose Fauvelles, una joven poeta nacida en Francia que firmaba con el seudónimo de Miyó Vestrini. Desde luego, jamás logró que le atendiera el teléfono. Se instaló entonces en el vestíbulo del Tampa y empezó a enviarle poemas junto con insistentes pedidos de entrevista. Al tercer día, Onetti cedió a la curiosidad y aceptó hablar con ella, pero no más de veinte minutos. Fueron cinco días.
Dolly lo amó como era: con su bohemia, su desasosiego y su insaciable apetito por otras mujeres. Le aseguró a Vargas Llosa que fue feliz a su lado. Ahora la ilusiona que se lo esté leyendo más: "Estos homenajes lo traen a la vista pública", dijo la semana pasada, cuando inauguró el Año Onetti en Uruguay con la lectura de fragmentos de El pozo , la primera novela. Logró, de algún modo, reconciliarlo con sus orígenes: en la cúpula del legendario teatro Solís, una foto que el artista Hermenegildo Sábat le tomó a Onetti, retrabajada por el fotógrafo Juan Carlos Urruzola, lo muestra, gigante, mirando a la Montevideo de sus infinitas derrotas.
Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
Foto : EFE

domingo, 18 de enero de 2009

atrocidades propias, poema XI

Me pregunto
si algún animal conoce
el miedo en extrema pureza
el miedo del despertar
el miedo de la eternidad sin
rastros de su existencia
que ha de empezar en cualquier momento
- un mal cálculo
en la caza cotidiana
una caída
una emboscada funesta –
Me pregunto
qué sueña el animal herido
el mundo está impregnado
de horribles dolores animales sin opio
me imagino
su espanto tocado por la vara de la agonía
subiéndole desde el dedo
hacia la voz
me pregunto si anhela la muerte como
una fruta temblando en el horizonte
me pregunto si llora
si en el último minuto
una imagen de mujer
-en su ojo oxidado-
lo consuela.
Poema de Laura Frucella - Fotografía de Arthur Tress

domingo, 23 de noviembre de 2008

¿Censura?

(Noticia publicada el 22-11-2008 en Libertad Digital)

Miles de personas han clamado este sábado a favor de la libertad de expresión y contra el caciquismo del CAC, el órgano censor de la Generalidad. Bajo el grito de "libertad, libertad", los congregados han portado decenas de pancartas así como banderas catalanas y españolas.
La afluencia ha sido tal que la policía autonómica se ha visto en la obligación de cortar gran parte de la calle Entença -de cuatro carriles- en la que se sitúa la sede del Consejo Audiovisual de Cataluña, pese a que el Ayuntamiento de Barcelona no tenía intención de hacerlo. Tampoco se retiraron los vehículos estacionados en la zona, impidiendo el acceso de las personas. Pese a ello, han sido miles los asistentes, llamados por Ciudadanos. El PP no ha secundado la protesta, pese a enviar un comunicado en el que apelan a "la libertad de expresión en toda su extensión".
El reparto del dial catalán acabó con dos emisoras menos para la COPE -la de Lérida y Gerona- y tres menos para el grupo Vocento. De hecho, en la concentración no se han dejado de oír mensajes de apoyo hacia la emisora de la Conferencia Episcopal. "Federico, Federico", han coreado, en referencia al director de "La Mañana" de la COPE. "Queremos la COPE, queremos la COPE", han dicho en otro momento del acto.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, ha subrayado en su discurso que "somos ciudadanos, no súbditos" y recordó a las miles de personas reunidas que "desde el sofá no podemos hacer nada" contra lo que ha considerado un "oasis putrefacto". Por ello, indicó que "cada vez somos más los que no queremos mirar a otro lado" por lo que "tenemos que pasar a la acción".
Rivera habló ante las puertas del CAC, entre numerosos gritos de los reunidos en favor de la libertad de expresión, recordó que este organismo "es el guardián de esta supuesta nación inventada" aunque puntualizó que "detrás del CAC está la mano de la Generalidad". Denunció además que en un supuesto organismo independiente siete de sus diez miembros hayan sido diputados o alcaldes y tengan sueldos de hasta 130.000 euros.
"Nos enfrentamos al neocaciquismo", indicó el parlamentario catalán. Dijo que la esencia es que aunque no se esté de acuerdo con las opiniones de los medios de comunicación exista la libertad y posibilidad de poder escucharlos. En este sentido, añadió que "si no nos movemos los ciudadanos no lo va a hacer nadie".
Por su parte, otro de los representantes de Ciudadanos, Jordi Cañas, deleitó a los presentes con un discurso claro y sin complejos y denunció que el objetivo final de medidas como la del CAC es contribuir a la "construcción nacional". "El nacionalismo necesita una ciudadanía manipulada y manipulable y el principal obstáculo para conseguirlo es la libertad de expresión", aseguró.
Subrayó también que el Consejo Audiovisual de Cataluña tiene un coste para los catalanes de diez millones de euros anuales, un organismo que "pretende amordazar a los medios" en esta comunidad. De hecho, afirmó que las atribuciones del CAC son "únicas en toda Europa", propias "de regímenes totalitarios" y denunciadas por organismos internacionales.
Calificó de "advertencia" la retirada de las licencias a varios medios de comunicación como a COPE que, a su juicio, ha sido realizada con "un mecanismo perverso, el crimen y el castigo". "Quien critica al poder es castigado", señaló. El objetivo es que los propios medios de comunicación sean "sumisos" y se apliquen una censura previa.
Cañas subrayó que "cuando la verdad y la libertad se convierten para los nacionalistas en valores prescindibles queremos decir que seremos un baluarte de la libertad y la defenderemos siempre". Y acabó con un "viva la libertad".

Fotografía de Erwin Wum

sábado, 27 de septiembre de 2008

¡El Crac del 2008!

Mientras George W. Bush hablaba sobre terrorismo, en su último discurso como presidente de los Estados Unidos ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, los norteamericanos se preguntaban hasta dónde llegará la crisis que el Estado intenta conjurar, tomando 700.000 millones de dólares del bolsillo de los contribuyentes; es decir, cien mil millones más que la deuda generada por la guerra en Irak.
Desde hace un año y medio, cuando el sistema financiero comenzó a intoxicarse con el colapso de las hipotecas, a los norteamericanos comunes se les hizo cada día más difícil pagar el seguro de salud, financiar los estudios universitarios de los hijos, comprar la misma cantidad de alimentos con la misma suma de pocos meses atrás y llenar el tanque de nafta en un país donde la mayor parte de la población está obligada a manejar. Algunos ni siquiera pueden vender la casa para poner fin a la pesadilla de la hipoteca. Las propiedades valen hoy casi 20% menos de lo que se pagó por ellas hace dos años, en plena burbuja inmobiliaria, y la deuda es superior al valor de la vivienda. El tema está en boca de todos porque la crisis, más allá de la complejidad de su ingeniería financiera o sus números inasibles -el salvavidas representa sólo una parte de los ocho billones de dólares sueltos en créditos hipotecarios- refuerza la impresión de que la economía norteamericana sigue un rumbo de catástrofe debido a lo que Joseph Stiglitz llamó "ocho años de mala gestión económica". Los primeros golpes alcanzaron a las clases bajas; ahora, la clase media sucumbe a la inflación en el supermercado o cuando recibe las abrumadoras cuentas de electricidad y gas, en un país que consume más del 25 por ciento del petróleo mundial y que envió su precio a los cielos.
En el suburbio de Nueva Jersey donde vivo, los carteles de "ejecución judicial" se alternan con los que adornan los jardines en apoyo a Obama-Biden o McCain-Palin. Un colega de la universidad donde enseño envió un correo electrónico a sus amigos para recomendar dos páginas de Internet que ayudan a ahorrar combustible. Una de esas páginas, www.GasBuddy.com, busca el surtidor más económico de la zona; la otra, www.fueleconomy.com, traza el camino más corto de un punto a otro para gastar menos. "Pagar más de cien dólares en la estación de servicio es asunto de todos los días para la gente con camionetas familiares", dice un vendedor de Home Depot, de White Plains, estado de Nueva York. "Eso da miedo. Si el galón de nafta llega a 10 dólares (y la semana pasada estaba en 4,32, aunque ahora bajó a 3,99), vamos a caer en el infierno de la depresión."
Casi ochenta años después, la palabra depresión todavía eriza la memoria de las familias que sucumbieron a la crisis bursátil de 1929, cuyos efectos letales sobreviven en las novelas de Steinbeck y en las películas de la serie negra. Los historiadores coinciden en que las semillas del desastre pueden rastrearse en la torpeza de las administraciones de Hoover y Coolidge, y en la convicción de los conservadores en que los mercados podían regularse a sí mismos. Fue necesaria la audacia de un estadista brillante, como Franklin D. Roosevelt, para imponer planes que generaron trabajo, protegieron la salud, la educación y los ahorros de los sectores más bajos. Dos de las casas que se construyeron frente a la mía datan de esa época. Son modestas, tienen un pequeño jardín y se terminaron de pagar en 1956, sin traumas.
La tradición popular supone que los años de Roosevelt fueron luminosos hasta que les cayeron las sombras de Pearl Harbour, en 1941. Fue antes de esa época cuando, en 1933, una ley conocida como la Glass-Steagall, impidió que los bancos comunes jugaran en la bolsa y luego no tuvieran cómo devolver los ahorros a los ciudadanos. Las paradojas, sin embargo, entorpecen hasta las mejores intenciones. Algunas firmas de Wall Street franquearon el obstáculo y crearon los bancos de inversión que están ahora en el centro de la tormenta. Son los que compraron los fondos hipotecarios dudosos, los partieron y los reagruparon en nuevas inversiones que volvieron a colocar, permitiendo que se pagaran salarios como el de Richard Fuld, director ejecutivo de la quebrada Lehman Brothers: 45 millones de dólares el año pasado. Como tantos otros bancos de inversión, Lehman Brothers y Fuld se desbarrancaron cuando la gente no pudo seguir pagando sus hipotecas.
No es a los especuladores y timberos de Wall Street sino a los norteamericanos endeudados que quieren mantener sus casas y no pueden a los que -según cree el candidato demócrata Barack Obama- debería ir el apoyo que se está pidiendo al Estado. Lo ha dicho su asesor Stiglitz: "Podemos fomentar la renegociación de las hipotecas para que menos personas se vean obligadas a perder sus casas. Pero ningún inversor privado querría quedarse con estos valores que se imponen por la fuerza a los contribuyentes". Stiglitz recomienda lo que hizo la Corporación de Préstamos a Propietarios de Hogares (HOLC), creada durante la Gran Depresión: compró las hipotecas difíciles de pagar y las refinanció para que la gente mantuviera sus casas y aportara recursos legítimos al sistema financiero.
Obama, senador como su adversario, John McCain, prefiere reflexionar un poco antes de aprobar el salvavidas de dinero que quiere imponer el presidente Bush. Obama recordó que, ante la evidente inutilidad de los recortes de impuestos a las corporaciones, es "absolutamente necesario" un recorte de impuestos a la clase media. Aprovechó la ocasión para enfatizar su campaña de cambio: "Si queremos que la economía crezca, si queremos prevenir que una crisis como ésta vuelva a suceder, debemos cambiar a Washington. Debemos reformar nuestro sistema político, basado en el lobby. Debemos reformar las reglas que le permiten a Wall Street hacer cualquier cosa y pasarle la cuenta al pueblo".
Mientras tanto, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, exige que los 700.000 millones de dólares se concedan ya mismo. Dice que sabe lo que hace, y sin duda lo sabe.
Hasta 2006, cuando se integró al gobierno actual, fue presidente de otro banco de inversión que sucumbió a la crisis, Goldman Sachs. Al retirarse, recibió 38,5 millones de dólares en concepto de su último bono, y ahora enfrenta en el Congreso la exigencia de una cláusula a la ley de rescate que limite los salarios de siete dígitos en Wall Street.
Aunque se manifiesta "incómodo" por la exigencia de votar a libro cerrado, el candidato John McCain defiende el pedido de Washington. "Vamos a hacernos cargo de esos préstamos malos", ha dicho. "No niego que sea enredado, no niego que sea costoso. Pero tenemos que detener la sangría."
"Sería el rescate mayor de la historia norteamericana", dice un médico de Albany, capital del estado de Nueva York. "Permitiría que las instituciones financieras afectadas pudieran seguir dando créditos y no se ahogaran. Si eso sucede, la tempestad se llevará muchos empleos. Pero no estoy de acuerdo, porque esos 700.000 millones saldrán del bolsillo de los contribuyentes, y endeudarán a nuestros hijos y nietos. Compraríamos valores que nadie sabe si alguna vez podremos recuperar. Es una historia ya conocida: mil millones aquí, mil millones allá y así hemos llegado a un déficit enorme, cuando Bush asumió con superávit. Podemos estar ante la puerta de un futuro peor."
El presidente que los norteamericanos elijan en noviembre cargará con el costo de esta crisis que supera al "lunes negro" de 1987, el tequilazo de 1994, la cesación de pagos de Rusia en 1998 y la explosión de la burbuja puntocom en 2000. El default argentino de 2001 -que para Paul O Neill, entonces secretario del Tesoro, iba a ser pagado por "los plomeros y los carpinteros" norteamericanos- representa, modestamente, el 20 por ciento de la quiebra de una sola empresa, Lehman Brothers. Aún no se sabe cómo se escribirá la historia, pero todo parece indicar que, en el otoño boreal de 2008, está naciendo un crac tan letal como el de 1929.
El Consenso de Washington, que pregonó el neoliberalismo en todos los continentes y dejó una estela de pobreza en América latina, acaba de fracasar en su país natal y ahora requiere un salvavidas del Estado, que era una institución tabú. Los caminos que elijan Obama o McCain serán, sin duda, diferentes, pero la responsabilidad que asumen es la misma: definir el destino de un mundo donde la crisis ha golpeado a la primera potencia sin que aún se pueda vislumbrar en el horizonte un camino nuevo. Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION HIGHLAND PARK, NJ

sábado, 28 de junio de 2008

Entre papeles y pantallas

Perezosos bastardos. Así nos llama Michael Agger, editor de la revista digital Slate, a quienes leemos textos en una pantalla. A todos. Inclusive a quienes sabemos disfrutar de una tarde de lectura refugiados en nuestro sillón preferido. Su tesis señala que, frente a la pantalla, nos convertimos en devoradores de datos, dispuestos a derivar de link en link, saltearnos párrafos largos y abandonar al autor que no sepa llamarnos la atención con negritas, subtítulos e ideas digeribles a ritmo de fast food. La acusación se basa en las investigaciones de Jakob Nielsen, especialista en el modo en que la gente utiliza Internet, cuyo sitio UseIt es visitado por unos once millones de personas cada año. Sus investigaciones indican que, frente a una pantalla, los lectores -que no leen sino que escanean- valoran la lista corta, el uso ocasional de negritas, las frases breves, los subtítulos explicativos. Agger apunta que la caracterización se ajusta al tipo de lectura utilitaria en busca de datos, pero no a la lectura lúdica, por placer, más vinculada a la ficción que a la información. Respecto a este segundo tipo de lectura, si bien ya existen servicios de descarga de libros para leer en la pantalla del celular, como BooksInMyPhone, los intentos más serios de la industria digital por reemplazar el papel como soporte de lectura vienen de la mano de nuevos artefactos como el Kindle de Amazon o el papel electrónico, entre cuyos prototipos se destaca el desarrollado por Sony. El Kindle, lanzado hace siete meses, es una pantalla portátil que puede conectarse de modo inalámbrico para comprar libros entre unos 130.000 títulos disponibles y almacenar hasta doscientos. El prototipo de papel electrónico de Sony es una fina membrana de plástico traslúcido y flexible que permite, entre otras cosas, mirar videos. ¿Alguno reemplazará el papel? En su trabajo Psicología de la lectura por placer: necesidades y gratificaciones, el investigador Victor Nell explica que muchas recompensas de la lectura están mediadas por cambios de conciencia análogos al trance hipnótico. Por el momento, esto parece más fácil de alcanzar durante una tarde de lectura en nuestro sillón preferido que frente a una fina membrana de plástico. Ante la pantalla, probablemente nos seguiremos comportando como unos perezosos bastardos. Entre papeles y pantallas
Por Carlos Guyot, de la Redacción del diario La Nación de Buenos Aires
Ilustra : autorretrato zumbón con gorra azul tejida, por Dante Bertini

viernes, 23 de mayo de 2008

¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN?

Pregunta: ¿Cual es la auténtica definición de Globalización?
Respuesta: La muerte de la princesa Diana de Gales.
Pregunta: ¿Y eso por qué?
Respuesta: Una princesa inglesa, con novio egipcio, se estrella en un túnel francés, conduciendo un coche alemán con motor holandés, conducido por un belga que estaba borracho de whisky escocés, seguidos de cerca por Paparazzis italianos, en motos japonesas; tratados por un doctor americano que usaba medicinas brasileñas. Y este mensaje ha sido enviado por un canadiense, usando tecnología de Bill Gates, y probablemente usted, un hijo de italianos nacido en la argentina y nacionalizado español, lo esté leyendo en su ordenador, que usa chips de Taiwan, y un monitor coreano, montado por trabajadores de Bangladesh en una planta de Singapur, transportado por camioneros indios, contratados por indonesios, y descargado por estibadores sicilianos, y que ha sido trasladado hasta usted por marroquíes ilegales.
¡Eso, amig@ mí@, es la Globalización!
photo de ribeiro
Texto extraído de la web.

sábado, 1 de diciembre de 2007

¡Ha entrado un hombre desnudo!


"¡Ha entrado un hombre desnudo! ¡Qué confianzudo, qué confianzudo!" Así gorjeaba en un escenario porteño, medio siglo atrás, la vedette Sarita Rivera, en el vodevil del mismo título. El confianzudo en cuestión era un actor excelente, Daniel de Alvarado, sin duda obligado a asumir tan riesgoso papel por razones económicas. Claro que ni soñaba entrar desnudo: un oportuno guiño de las luces creaba la ilusión de que la protagonista, en una noche de insomnio, recibía al visitante inesperado, a quien de inmediato arrojaba una bata para cubrirse. Sarita fue todo un personaje de la Buenos Aires de entonces, algo así como la reina del kitsch , y una auténtica pionera en materia de desnudo en el teatro, puesto que ha sido, probablemente, la primera estrella de revista que se atrevió a aparecer sin más ropa que una cinta dorada: reclinada en una media luna, con ayuda de esforzados maquinistas, descendía lentamente hacia el tablado mientras entonaba una canción, sin bajarse de su vehículo espacial.
* * * El tema de hoy viene a cuento porque un amigo me envió, días atrás, un e-mail avisándome que en YouTube se referían, con imágenes y sonido, al último Festival de Spoleto, en el que el tenor australiano Randall Scotting llamó la atención por interpretar, completamente desnudo, (ver link) el papel de Hércules en una ópera de Vivaldi, Ercole sul Termodonte . Mi amigo me preguntaba si yo conocía algún antecedente y cuál era, a través del tiempo, la historia del desnudo masculino en el teatro. Del desnudo femenino, sabemos de sobra todas las etapas que ha atravesado desde los primeros espectáculos, en la antigua Grecia, y conocemos el concepto que los griegos tenían de la desnudez y de la belleza masculina. Pero a las mujeres se les prohibía asistir a las olimpíadas, porque los atletas estaban desnudos Innecesario referirse a la causa de la prohibición: la conocemos todos, y no está de más recordar que esa causa ha merecido una notable reflexión del ilustre escritor inglés John Berger, en su libro El tamaño de una bolsa (Taurus, 2004), al comentar la reciente limpieza de los frescos de la Capilla Sixtina. Y tal vez convenga aclarar aquí que el tenor Randall Scotting, tal como se lo ve en YouTube, además de hermosa voz tiene un físico armonioso que le permite circular por el escenario muy suelto de cuerpo, sin más ropa que la famosa piel del león de Nemea. Pocos de sus colegas podrían incurrir en la misma travesura. Volvamos a la historia. Los romanos, al revés de lo que suele creerse, fueron bastante más pudorosos que los griegos en la materia. Y si bien en sus comedias se permitían toda clase de obscenidades, la desnudez pública estaba bastante restringida: en las estatuas tan sólo se admitía la llamada "desnudez heroica" -así se representaba al emperador, idealizado-, o la de personajes mitológicos, Apolo, Mercurio, Hércules.

De esta licencia se ha servido, sin duda, el régisseur de Ercole sul Termodonte . Durante el Renacimiento, las crónicas aluden prudentemente a ciertas representaciones privadas, en las que se daba rienda suelta al voyerismo de los espectadores. La práctica continuó hasta el siglo XVIII, en cuyos grabados libertinos suelen verse esos espectáculos en pequeñas salas de mansiones aristocráticas, con los actores desnudos ejecutando toda clase de actos sexuales sin inhibiciones. Esta forma de exhibicionismo es cultivada, en realidad, en todo tiempo y lugar, pero el siglo XIX se esmeró, bajo el código puritano de la reina Victoria, en ocultarla.

Lin Yutang, injustamente olvidado pensador chino, muy de moda en la Argentina hacia 1940, sostenía que si el mundo fuese gobernado por las mujeres, los objetos sexuales serían los varones, a los que se exhibiría públicamente con escasa o ninguna ropa, como se hace con las vedettes y las modelos. No ha sido necesario, sin embargo, producir un cambio político de género para que su teoría se lleve a la práctica. Basta ver el canal Cosmo, la publicidad de ropa interior masculina, asistir a algunos shows públicos o a una despedida de soltera, para advertir que el tabú de la desnudez frontal masculina casi ha desaparecido de nuestros escenarios. Tal vez, el impulso decisivo en la materia lo diera el estreno de Hair , en Londres, en 1968, conocida en Buenos Aires tres años después, en una producción de Alejandro Romay, en la que el desnudo total del elenco, mujeres y varones, marcó un hito en la historia del espectáculo en la Argentina. Por Ernesto Schoo para La Nación de Buenos Aires.
Photos : foto de Elliot Erwitt y retrato promocional de Yul Brinner